"Aguinaldo te pedimos, si no, nos los quieres dar, te cogemos del fondillo, y te echamos al corral" Y la fila comenzaba a avanzar muy lentamente, al ritmo de esa breve canción que se repetía hasta el infinito y del paso irregular de mis primos mayores, que se acercaban por orden hasta el abuelo para recibir un billete de banco a cambio de un beso (...) Nunca entendí del todo el sentido de las palabras que cantaba. Pasarían años antes de que me atreviera a preguntar para que alguien me informara por fin de que un fondillo es el fondo de un bolsillo de un pantalón, pero nunca he logrado averiguar aquel estribillo rural y remoto, si las tres últimas generaciones de mi familia han vivido siempre en Madrid en donde las casas no tiene corral. No entendía el sentido de aquella canción, pero eso no importaba, porque me sentía muy bien cantándola, formando parte de aquella fila que no podía existir sin mí, sin la plaza que yo ocupaba y que me proporcionaba a cambio la certeza de ocupar un lugar preciso y verdadero, mío, como el símbolo de un destino personal. Todos los años cuando llega la Navidad, echo de menos aquella confortable sensación de integridad, de coherencia, esa complicidad con el mundo que se expresaba en una simple fila india, una línea recta contenida en todos sus puntos, un orden irresistiblemente deseable que me garantizaba que, si yo estaba en mi sitio, todas las cosas pasadas y presentes ocuparían también el lugar correcto, y el futuro, se doblegaría sin esfuerzo en la dirección de mi voluntad. Porque eso es lo que ocurre cuando uno pertenece de verdad a algo, a alguien, a alguna parte.
(De Estaciones de Paso)
(De Estaciones de Paso)