
Un sexo de mujer descubierto
(solitario ojo de Dios que todo lo contempla
sin inmutarse)
perfecto en su redondez
completo en su esfericidad
impenetrable en la mismidad de su orificio
imposeíble en la espesura de su pubis
intocable en la turgencia mórbida de sus senos
incomparable en su facultad de procrear
sometido desde siempre
(por imposeíble, por inaccesible)
a todas las metáforas
a todos los deseos
a todos los tormentos
genera pertenogenéticamente al mundo
que sólo necesita su temblor.