sábado, 1 de noviembre de 2008

Francisco Aravena: Emociones clandestinas

El mejor instante del cine y la TV chilena del 2008. Segundo capítulo de "Los 80". Temporal en Santiago y Daniel Muñoz acaba de regresar a su casa tras perder el trabajo y ser "raptado" por la CNI. Tamara Acosta, su esposa, lo atiende en la cocina y le sirve una sopa. Él le dice que es la mejor sopa del mundo y se larga a llorar y le cuenta a su mujer que lo han despedido. Hacía años que no lloraba viendo la TV, pero esa imagen me mandó a la cresta. Y ahí me vino la teja. Los 80, no la serie, sino los años, tienen esa fuerza cultural, no por sus pantalones amasados, peinados raros, rock latino, sino porque vaya que la pasamos mal en esa época. El nublado del temporal en ese capítulo resultó una metáfora perfecta del ánimo en aquellos días.

Alan Moore, el autor de "Watchmen", escribió que el recurso que mejor funciona a la hora de conseguir la empatía con un lector (o un espectador) era comenzar con una anécdota triste. Que ahí está la verdadera complicidad, porque todos la hemos pasado mal. Todos tenemos esa herida, que en el fondo es una gran historia. Y los años 80 son precisamente eso, el gran tajo en nuestro rostro. En esta lectura es donde "Los 80" no sólo hace dupla, sino que supera a "Machuca", historia con la cual el link es obvio. La serie del 13 aprovecha precisamente el lado donde la película de Wood cojea: emociona sólo a través de lo grande, de los sucesos que reconstruye. En "Los 80", por lo contrario, está el ambiente, pero por encima de todo brillan los personajes, es una historia de familia. De cariño, de cosas de verdad. Todos tenemos a alguien a quien querer y esa es la gracia de "Los 80", el resto importa, pero no más que el tomar una sopa y decir que es la mejor del mundo.

"Los 80" es el mejor programa del año. Con almacenes de esquina y también con la más sombría de las inocencias. La CNI por un lado, el flipper Ali de Stern por otro. El cuadro perfecto de un tiempo que en nuestra memoria es un chicle amargo y bajo ese sabor está la certeza que fue en esos años donde en verdad nos hicimos grandes. Por eso los 90 jamás van a ser "los 90", por eso Los Prisioneros siempre van a ser mejor banda que Los Tres, porque cantaron canciones tristes cuando en verdad estábamos tristes.

Revista Wiken, 31 de octubre de 2008