Creo que éste es un buen momento para contar algunas cosas de mi vida. La melancolía de la tarde parece muy propicia para poner un poco de orden en mi cabeza. El tornado se ha llevado por los aires la caseta del perro y las bicicletas, ha partido la yuca y ha quebrado algunas ramas de los chopos. El fondo de la piscina está lleno de pinocha y sobre el agua flotan las flores de la buganvilia. Llueve, llueve otra vez. Los pinos de atrás de la casa huelen intensamente. Los veraneantes ya han regresado a la ciudad. Los toldos de los chiringuitos de playa están recogidos, las sillas han sido apiladas y atadas con cadenas, pero cuando salga el sol los caracoles treparán por las perfumadas virutas del hinojo en el barranco y yo volveré a abrir las ventanas. No quisiera mentirme. Tal vez no voy a tener el valor de levantar la tapa de la quesera, con la que trato de proteger mi alma de las moscas, a no ser que la escritura, desate el nudo asentado en el diafragma. Me pregunto para qué sirve, si dentro de poco ya estaré en el fondo del mar o en esa estrella del firmamento que he elegido y que está compuesta por todos los huesos de personas y animales que han muerto en la tierra. La vida consiste en equivocarse, cada uno a su manera.